
Aquella experiencia me abrió el camino para buscarme la vida y pagar las cuentas y todo eso que nos mantiene del lado de afuera de las rejas.
Yo estuve ahí y lo mejor que obtuve fue la herramienta más poderosa que conocí: las preguntas. Los periodistas hacen preguntas. Preguntar, aunque no obtengas una respuesta expresa, instala la necesidad de saber, de salir de las sombras.
Formular preguntas te hace libre de pensar que hay otras respuestas ahí afuera. Porque ya sabemos: van a querer vendernos la felicidad con moño y todo, pero si te preguntás ¿qué quieren realmente? vas a descubrir que hay una parte de la historia que no piensan contarte. Para que te sumes al rebaño. Para que enciendas la tevé y en lo posible no la apagues nunca. Para que consumas todos los venenos que ofrecen, incluídos los concursos de baile. Para que no tengas tiempo para pensar, para llevarte con menos esfuerzo hacia donde quieren, para instalarte la estúpida sonrisa de celular.
Las preguntas me salvaron de ser un asesino. O un loco. O uno de esos imbéciles que aparecen en el noticiero para exigir la pena de muerte.
Preguntar. Preguntarte. Querer saber qué pasa si no pasa lo que nos dicen que va a pasar. Sospechar que la realidad es diferente del lado que las cámaras no muestran porque está oscuro y es peligroso para el cronista. Preguntarme siempre si me manejo o me manejan. Preguntas. Dudas. Sospechas.
Preguntas capaces de ponerte inquieto. Preguntas como puertas hacia otro lado.
Llevo más de cuatro meses sin escribir. Aunque realmente tuve ganas de hacerlo, las tres o cuatro veces que lo intenté no pasé del tercer párrafo. Y descarté todo. Sólo tengo preguntas. Lo lamento.
“Desde aquí aprendí a hablar, estoy haciendo preguntas, preguntas que nadie me contesta. Inocentes preguntas a las que me responden con complicadas teorías que no aclaran nada. Quiero saber por qué pasa lo que pasa, por qué somos como somos.
¿Por qué las cosas son así y no de otra manera?
¿Por qué hacemos daño a los otros?
¿Por qué siempre estamos tratando de engañar?
¿Por qué después de tantos siglos todavía no hemos aprendido a comprendernos?
¿Por qué hay guerras?
¿Por qué hay pobres?
¿Quién maneja los hilos?
¿Dónde está el corazón que hay que apuñalar?
¿Por qué no podemos ser razonablemente felices?
¿Por qué?
¿Por qué?
¿Por qué?"
REM – The outsiders
http://www.youtube.com/watch?v=zJIOCPjTuJE
-Jesús Quintero: ¿La independiencia es imposible?
-César Vidal: No, la independencia no es imposible nunca. Pero tampoco es fácil nunca. Yo creo que es difícil, que efectivamente la independencia es difícil, creo que es costosa en muchos casos. Pero creo que es indispensable, porque si no tenemos independencia acabamos en la sociedad del Gran Hermano de Orwell. Es decir, al final habrá gente que nos diga lo que tenemos que hacer, lo que tenemos que pensar, y hasta lo que tenemos que sentir. Que por cierto, hay insistencia en ese sentido últimamente, hasta en controlar nuestros sentimientos.
REM – Orange crush
http://www.youtube.com/watch?v=nX1c9uFljAs
-Jesús Quintero: ¿Para qué se vive?
-Alejandro Jodorowsky: Mira, yo me he planteado mucho, mucho, la felicidad. La pregunta "¿Para qué se vive?" es intelectual, porque uno vive, no hay que preguntarse para qué. Pero, ¿cómo vivir? es la pregunta. Yo creo que la única manera de vivir es siendo lo que uno es y no lo que los otros quieren que uno sea. Hay que hacer un trabajo: me han embutido ideas en la mente que no son yo, y yo las acepto porque me las embutieron. Tengo sentimientos, como dije, que no son míos. Son los sentimientos de mi familia y mi sociedad y mi cultura, pero yo no los quiero. Tengo deseos creativos y sexuales que quiero satisfacer, pero hay prohibiciones, ¿no es cierto? Y quiero acciones que quiero hacer y no las puedo hacer porque me han dicho que eso no se hace. Entonces: yo llegaré a la felicidad siendo lo que soy, mentalmente, emocionalmente, sexual creativamente y físicamente.
Fragmentos del programa Ratones Coloraos de Jesús Quintero.
César Vidal es periodista, historiador y escritor español.
Alejandro Jodorowsky es poeta, actor y director de teatro y cine de culto, estudioso del Tarot y la Cábala, guionista de cómics, uno de los pocos sabios que nos van quedando. Hace más de veinte años que descubrió en los chistes un camino para llegar a la sabiduría, una fiesta de la inteligencia.
Comencé este texto el 28 de noviembre pasado. Un mes antes del cumpleaños de mi hermano (el día de los inocentes ya no es motivo para misas ricoteras). Ya no hay inocencia en mi hermano tampoco. Espero que zafe.
Y lo que de alguna manera nos une (el espanto, mi amor), internet...asomó su sucia cabeza y me dejé seducir: pacté con el diablo y abrí un blog con un nombre que nadie entendiera. Esta es la historia de los últimos 300 días.
A mi el cine me gusta mucho. Y este año pude ver muy pocas películas. Pero sólo me acuerdo muy bien de una: "Hacia rutas salvajes". Y me quedó grabada, tal vez porque ese día todavía pensaba que en el mundo de capitalismo salvaje que nos toca ya no existía gente capaz de mantener sus ideales hasta la últimas consecuencias. Eso sin joder a nadie. Es una historia tremenda, ya deben haber leído sobre ella. A mí me dejó tristeza. Y angustia. Pero al mismo tiempo una sensación de liberación que, dicen, es propia de los suicidas.
También compré varios libros, pero leí pocos. "Tom Waits. Conversaciones, entrevistas y opiniones" de Mac Montandon es el mejor. Es caro, pero lo vale. También me hice con la biografía de Kurt Cobain, el Tokio blues de Haruki Murakami, tres libros excelentes de fotografías de los '50, '60 y '70, un librito rarísimo, a color, con la historieta Maus, de Art Spiegelman y varios más. Algunos que me llegaron de sus propios autores ya los recomendé. De otros no comenté nada, pero me sirvieron para entender mejor adonde me había metido cuando decidí abrir un blog (y no sabía ni como se editaba mi perfil). Ese libro es "El imperio digital" de Leandro Zanoni, que lo bajé gratis de la red (ahora es tarde, pero compralo porque
Dejo una lista enorme de pendientes para publicar. El libro de historietas "Ranxerox en Nueva York", de Tamburini y Liberatore. Las revistas CAIN y los suplementos CAIN como huésped de la revista Fierro, en una última etapa de resistencia antes de expirar. Una parva de fragmentos de libros que descansan en estantes y que me dieron sumo placer. Notas de revistas y suplementos que atesoro no se hasta cuando (la española CO&CO, El Tajo del diario Sur, y más). Una reseña de El mamut, un especial de los Jesus y que se yo cuantas cosas más.
Me gustaría que las personas que pasaron por acá estuvieran conmigo para darles las gracias en persona y abrazarlos. Todos aceptaron formar parte de mi locura aportando sus mejores momentos.
Pero ahora voy a tomarme unas vacaciones largas y profundas. Me voy al patio con la pelopincho. Y a disfrutar de Uma jugando al gusanito. A hacer un balance de todo lo vivido éste 2008 que me dejó muchos amigos nuevos, mientras me tomo una buena cerveza y brindo por todos ustedes.







Ya me conocen. No soy fan de las cosas light. Prefiero ir a fondo, siempre, conocer todo, saber más, preguntar otra vez. Así que, sumado al post anterior, acá les dejo una pequeña entrevista que le hice a nuestro corresponsal en Brasil, Leonardo Parente, para conocer más sobre su libro gonzo que a mi juicio promete y mucho.
Ariel Martínez
El de Luc, la resacada, fue el primero. Tardé en conseguir los tutiplenes porque me colgué, pero la espera valió la pena, porque me lo entregó en mano un amigo de Luc, 
El segundo libro me llegó directamente por correo argento, enviado más que generosamente por su autor, Flavio Katzev, quien sacó de su bolsillo los 36 mangos que costó el envío: loco, te zarpaste...gracias a granel!!

Hace un milenio, mientras la civilización occidental se debatía en una extensa cruzada contra las tribus musulmanas (como se ve, una vieja costumbre), miles de kilómetros al este, Japón vivía un momento de estabilidad y prosperidad, acompañado de un gran esplendor cultural: el llamado período Heian, suerte de “siglo de Pericles” nipón que, en rigor, duró casi cuatro centurias (794 a 1185). Considerado el período clásico y fundacional de la literatura japonesa, es el momento en que el Imperio comienza a depender menos de la vecina cultura china y a crear su lengua y escritura propias. El arte tiene mucho que ver con esto: es común que los nobles lean y memoricen la poesía de sus antecesores, los concursos de poemas están a la orden del día y hasta los amantes furtivos están obligados, por rigurosa etiqueta, a enviar unos versos a la mujer cuyo lecho acaban de abandonar.
La edición castellana se compone de 185 fragmentos, en su mayoría breves y dispuestos sin orden aparente. No hay referencias cronológicas concretas más allá de las estaciones del año. Algunos de los textos son descripciones de algo que llama la atención de la autora, desde el rocío en los pétalos de una flor hasta la armonía de colores en los vestidos superpuestos de un noble: la descripción minuciosa del objeto y lo que su visión provoca insisten en un éxtasis de la contemplación, que uno diría "zen" si no fuera que este movimiento es dos siglos posterior.
Otro consejero de palacio, el Capitán Tadanobu, aparece varias veces a lo largo del libro, alternativamente peleándose y amigándose con Shônagon. Los diálogos e intercambios de mensajes con Tadanobu son verdaderos duelos verbales, a menudo con la presentación de poemas incompletos a manera de acertijos (el destinatario debe completarlos). Todo indica que se trata de un juego de seducción prolongado en el tiempo, pero otra vez Shônagon está lejos de admitir interés de su parte, aunque apunte al pasar que Tadanobu "se veía magnífico siempre que venía a verme”. Es decir, se dirige al lector con las mismas indirectas que destina a los hombres. Tal vez era engreída, después de todo.
Fuera de lo que dice de sí misma en el libro -que es poco- casi no hay datos sobre la autora. Su apellido verdadero es Kiyohara ("Sei" viene de la lectura china del primer ideograma del apellido), mientras que el término "Shônagon" sólo designa su cargo en la corte: "ayudante de menor rango". Sato apunta en el prólogo: "se dice que nació en 966 y que era hija de Motosuke, estudioso y poeta de cierta reputación". Durante la década de 990 sirvió a la emperatriz Sadako, diez años menor que ella, y a su muerte (de parto, en 1001) habría servido, según diferentes versiones, a la hija de Sadako, Shûshi, o bien a la prima de ésta, Akiko (a quien también sirvió Murasaki, la autora del Romance de Genji). Pero aquí ya se entra en el terreno de la conjetura. Casi todas las versiones coinciden en que murió anciana y pobre.
En todo caso, la lucidez y frescura de esta cortesana milenaria sirve para sustraer al lector de los problemas de la actualidad, marcando una línea divisoria entre lo que es pasajero y lo que se repite a lo largo de siglos y civilizaciones. A cambio, propone la aventura de descifrar el pasado remoto al compás de una voz increíblemente cercana. Tal el encanto del Libro de la almohada.


Ese universo terminal, violento, amoral, tiene en Liberatore a un retratista impagable.






























