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A los que se quedaron dormidos en el nunca

28 marzo 2011


A los que se quedaron dormidos en el nunca,
a los que sueñan sus verdades y se las niegan,
a los que tienen mucho miedo
y lloran por cualquier cosa
y se ocultan la cara de vergüenza.
A los tímidos,
a los solos, a los raros,
a los que dudan y dudan
y les llaman inmaduros, débiles.
A los que duermen en la fría cama del psiquiátrico,
a las madres que cogen la mano de su hijo ingresado.
Os digo: que no nos vendan verdades, que la verdad no existe.
La Verdad y la Razón son creaciones del ser humano,
para doler, para medir.
Hay que luchar contra el silencio y la ignorancia,
no somos enfermos.
¿Quién tiene la verdad absoluta, la realidad absoluta?
¡Que la muestre, que la enseñe si puede!
¡Es mentira, mentira, no existe!
A los que llevan cicatrices por haberse rajado las venas,
a los que consiguieron no rajárselas.
A los que están paralizados de angustia,
paralizados para ser, amar, soñar.
A los que llaman vagos, idiotas, locos, débiles.
No escuchéis la voz de los que viven sólo para tener.
A los que por ansiedad fuman dos paquetes diarios.
A los que no son sociables, ni aptos, ni lúcidos,
ni extrovertidos, ni empáticos, ni asertivos, ni normales.
A los que nunca superarán un test psicotécnico,
a los que llevan medicación en el bolso y el monedero vacío,
a los que están atados ahora a una cama y no nos oyen.
A los psiquiatras que abrazan a sus pacientes
y pidieron alguna vez consejo al que llamaron esquizofrénico.
A los que tenemos certificado de disminución
y leemos a Lorca y a Nietzsche y lo que haga falta.
A los que no soportaron el túnel y se fueron para siempre,
a los que atravesamos cada día el túnel
agarrados aunque sea a las paredes negras.
A todos los que saben o quieren escucharnos
y no se fían sólo de los manuales, libros, tesis,
estudios y estadísticas.
A los psicólogos que dan besos.
A los que ya hemos transitado por el infierno y el cielo
y no queremos volver más allí.
Y sobre todo,
a todas esas pupilas dilatadas de tanta química
que miran aturdidas y absortas
pero tienen la luz más hermosa.
A todos os digo:
«No existe la locura sino gente que sueña despierta». 

Fragmento del libro La mujer-precipicio, de Princesa Inca.
Fuente: Escrito en el viento, de José Angel Barrueco.

Arder en el invierno

21 septiembre 2010


11. KILÓMETROS


Habrá una desdicha cuando me llegue el día y tenga que sentarme a esperar: cuando me quede quieto por falta de combustible: sin pilas y fuera de borda. Mientras tanto viajo por los países pobres. Lluvias por la ventana cuyo vidrio se empaña con las bocanadas del sueño. Y viajo. Y avanzo. Recorro zonas marginales y voy descubriendo que ahí está la verdad. Qué delicia desenterrar lo invisible. Los pobres son los que le dan identidad a las regiones, a las banderas y a los escuditos rodeados de laureles municipales. Porque los ricos son iguales en todas partes, sean éstos de donde sean. Siempre. Usan las mismas marcas de ropa o zapatos y compran sus relojes en las mismas colmenas. Beben los mismos vinos. Fuman el mismo tabaco. Frecuentan los mismos gimnasios y las mismas discotecas y las mismas avenidas o playas. Son idénticos calcados, copiados y hasta pobremente plagiados por algunos pobres descarriados que intentan mal huir de su preciosa condición. Porque los pobres son la verdad y todo lo demás es mascarita. Agujas y elefantes. Mate amargo, yerba al sol. Ilusiones al sol. Los pobres hacen las sillas donde se sentarán los ricos. Hacen las casas de los ricos: sus adornos, sus estufas, sus paredes y sus cimientos. Los pobres asfaltan las rutas para que transiten mejor los coches de los ricos. Los pobres hacen el pan, ordeñan las vacas las cabras las ovejas: trabajan la tierra (sea ésta para sembrar o recalificar). Y los votan: gobiernan los ricos porque los pobres quieren que eso ocurra. Qué desdichado seré cuando tenga que sentarme a esperar. Cuando me quede quieto, varado en medio del charco. Cuando ya no viaje con una mochila por las regiones bárbaras, donde la gente vive a cara descubierta y su única desgracia es ser inmensamente libre.



Fragmento de Arder en el invierno, de Marcelo Luján


Vía Escrito en el viento

Loriga, Chinaski y los destinos

13 agosto 2010

Hace algunos años, dos creo, alguien me ofreció la oportunidad de entrevistar a Charles Bukowski en su casa de Los Ángeles. No pude. Me asustó la idea de ponerme delante de un hombre a quien quería realmente sin que él tuviera ni la menor idea. Había algo ilegítimo en ello. Y sobre todo, me dio miedo que pudiera darse cuenta de todo lo que le había robado. Supongo que él sentía algo parecido cuando pasaba de puntillas por debajo de la pensión en la que había vivido John Fante. Todos los escritores reconocemos miles de influencias, pero siempre le tememos al verdadero padre. Ahora que ya casi no me queda nadie, muerto Bukowski y muerto Carver, tengo la obligación moral de abrir mi maleta y empezar a sacar de ella todos los trajes que no son míos. No para devolverlos, sino para enseñarlos con orgullo antes de robarlos para siempre.

La muerte es algo tan idiota que no merece mayor comentario. La ausencia es un sentimiento egoísta que presupone posesión y la sola idea de poseer a los tuyos es tan ridícula como necesaria. Morirse es la última tontería, la más grande, algo tan estúpido como que las cosas tengan que ser redondas para rodar. La muerte es innecesaria como todo lo inevitable. Ahora sé que la muerte de Bukowski no me hacía ninguna falta. Teniendo en cuenta que era uno de los escritores peor leídos de todos los tiempos no estaría de más hacerse una pregunta: ¿de qué coño escribía Bukowski?
La respuesta es sencilla y es siempre la misma cuando se trata de grandes escritores.
Bukowski sólo escribía acerca de lo que verdaderamente importa.
El amor o la falta de amor y el miedo a casi todo. El miedo a quedarte mirando las palmas de las manos cuando ya no queda nada.
El miedo a los destinos que conocerán los trenes cuando uno ya no esté dentro.


Ray Loriga / Días extraños, 1994



Vía Escrito en el viento
Ilustración: Print Mafia

Profeta

12 julio 2010


el lenguaje
es una piedra
que la mano no supo arrojar.
en cualquier mundo
los ojos del santo,
del poeta y los míos,
son dos luceros arrodillados
que describen
a la eternidad que avanza
con una navaja.


De Cíclopa
Foto: oh, magpie!



AMPLIFICAMOS: el viernes 30 de julio, a las 19:30, en Casa de la lectura, Lavalleja 924 de Buenos Aires, Natalia Litvinova, amiga de la casa, nacida como Cíclopa en la boca de un mudo, presenta su libro ESTEPARIA (Ediciones del dock). Se referirán a la obra los poetas Javier Galarza y Ezequiel Zaidenwerg.





Su propia sangre

03 junio 2010



Los escritores hacen sus creaciones a partir de sus propios dolores espantosos y de su propia sangre y de sus tripas y de sus revueltos pensamientos. Cuanto más en contacto están con lo que tienen dentro, mejores escritores son. Si te gusta un escritor, lee sus libros, los libros no son puro sufrimiento; si quieres publicar/ayudar al escritor, hazlo como si fuese un negocio cualquiera, no pretendas meterte en la vida personal del escritor creyendo que si te gustan sus libros también te gustará el escritor. La vida personal del escritor es horrible y solitaria. Los escritores son raros de modo que lo mejor es que te alejes de ellos. Yo vivo en el dolor, pero un día, dijo Hawthorne, seré feliz aunque ya no esté vivo.



Kathy Acker

Vía Escrito en el Viento
Foto Martina Giammaria

Apestan

31 mayo 2010


9. “La poesía es una forma de arte. Como toda forma de arte, es subjetiva y no tiene órganos sexuales”. No conozco tus poemas, Lynne, pero los míos tienen pija y bolas, comen ají picante y nueces, cantan en la bañadera, putean, se tiran pedos, gritan, apestan, huelen bien, odian a los mosquitos, pasean en taxi, tienen pesadillas y amoríos, todo eso.

Cartas de Charles Bukowski (fragmento)
La encontré en La periódica revisión dominical

(Una de) tres cartas de Bukowski

26 abril 2010

(de Charles Bukowski a John William Corrington)


17 de enero de 1961

Hola, Sr. Corrington:

Bueno, me ayuda, a veces, recibir una carta como la suya. Con esta van dos. Un joven de San Francisco me escribió que algún día escribirían libros sobre mí, si eso fuese de ayuda. Bueno, no estoy buscando ayuda ni tampoco elogios, y no estoy tratando de hacerme el duro. Pero tenía un juego que solía jugar conmigo, un juego llamado Isla Desierta, y mientras estaba tirado ahí en la cárcel o en clase de arte o yendo a la ventana de diez dólares en las carreras, me preguntaba, Bukowski, si estuvieras solo en una isla desierta, para nunca ser encontrado, excepto por los pájaros y por los gusanos, ¿tomarías una rama y arañarías palabras en la arena? Tuve que decir “no”, y por un tiempo esto solucionó muchas cosas y me dejó seguir adelante y hacer muchas cosas que no quería hacer, y me alejó de la máquina de escribir y me puso en la sala de beneficencia del hospital del pueblo, con la sangre saliendo de mis orejas y de mi boca y de mi culo, y ellos esperaban que me muriera, pero no pasó nada. Y cuando salí me pregunté, de nuevo, Bukowski, si estuvieras en una isla desierta y etc.; y sabés qué, supongo que fue porque la sangre había abandonado mi cerebro, o algo así, que dije, SÍ, sí, lo haría. Agarrarría una rama y arañaría palabras en la arena. Bueno, esto solucionó mucho porque me permitió seguir y hacer las cosas, todas las cosas que no quería hacer, y también me dejó tener la máquina de escribir; y desde que me dijeron que otro trago me matararía, ahora lo mantengo en siete litros y medio de cerveza por día.

Pero escribir, por supuesto, como el matrimonio o la nieve o las llantas de los automóviles, no siempre dura. Podés irte a la cama la noche del miércoles siendo un escritor y despertar el jueves por la mañana, siendo algo completamente distinto. O podés irte a la cama la noche del miércoles siendo un plomero y despertar el jueves por la mañana siendo un escritor. Ésta es la mejor clase de escritor.


… La mayoría de ellos muere, claro, porque lo intentaron demasiado; o, por otro lado, se vuelven famosos, y todo lo que escriben es publicado y no tienen que intentarlo en absoluto. La muerte trabaja en muchas avenidas, y, aunque digas que te gustan mis cosas, quiero hacerte saber que si empiezan a pudrirse, no fue porque yo lo haya intentado demasiado o demasiado poco, sino porque me quedé sin cerveza o sin sangre.


Lo que vale es que puedo darme el lujo de esperar: tengo mi rama y mi arena

Esta carta forma parte del libro Living on luck, Selected Letters 1960-1970, Black Sparrow Press, Santa Rosa, 1995. Traducción: Javier Fernández y Flavia Cogliano Jalabert.


La encontré en La periódica revisión dominical, Vía Linkillo (cosas mías).

Hiperconectividad

19 abril 2010


Por Juan Terranova


1
Nada se pierde. Todo se transforma. Y se conecta. Sabemos todo. Estamos en todas partes. Pero no somos todo. Somos una célula pasando información a otra célula. Una porción delimitada y perdida en el reticulado del mundo. Vivimos en un archipiélago de cables y radiaciones. Un mar salado con redes de camalotes digitales. D’ambrosio lo sabe. Nos escribimos de noche. Él leyó alguna de mis novelas. Yo sé que se dedica a la filosofía alemana. Comentamos los hechos del día. Somos amigos. Cada tanto nos vemos. Pero preferimos los mensajes instantáneos. Nos escribimos correos. Hoy me dijo que estuvo revisando su cuenta de mail. El servicio gratuito que utiliza almacena todo. No necesita borrar nada. Le pregunto qué encontró. «Mi vida y mucha pereza», me contesta.


2
Todo se digitaliza. La música. Las películas. Los libros. Los archivos. El dinero. Las propiedades. La energía nuclear. El amor. El sexo. El optimismo. El pesimismo. La épica. La picaresca. La lucha de clases. Resulta placentero y un poco vertiginoso. Ya no es necesario esperar a que se haga de día para nada. Podemos vivir de noche. Operar en la bolsa de Tokio desde Buenos Aires contando unos y ceros. A D’ambrosio las metáforas biológicas lo incomodan. Frases como «la memoria ram es una hidra de siete cabezas» o «el monitor es el útero materno» le suenan cursis. Para nosotros el monitor es un imán eléctrico, un condensador de energía, un dínamo. Apoyás la cabeza en la pantalla y te da amnesia. Cada tanto, sin embargo, necesitamos el contraste y salimos a la calle.


3
La trama de energía de nuestras relaciones sociales se modificó para siempre. Cuatro revoluciones industriales.Tres en el siglo XIX y una en el siglo XXI. En el medio, un impasse de cursilerías y masacres. ¿Qué pasa si mañana nos despertamos sin electricidad? Dependemos más de la electricidad que del petróleo.


4
No voy al cine. No me gusta. En DVD miro documentales de rock y de política latinoamericana. «Cosas quemovilizan», dice D’ambrosio.Ya casi no compro el diario. Leo los titulares por la web. Entro en los sitios de seis diarios al día. Pero con suerte leo tres notas de esos seis diarios. Y solamente compro la edición impresa si publican una nota que escribí yo. A veces ni eso.


5
Y pese a todo,mi paranoia sigue siendo analógica. Pienso en armas de fuego. Pienso en la velocidad que desarrollan los autos que pasan por la puerta de mi casa, en los cerebros vacíos de sus conductores. Cada vez estoy peor.


6
Descargo en mi disco rígido escaneados caseros de la revista Nippur Magnum colgados de un servidor gratuito. Elijo las historias que tienen guión de RobinWood, las que leía en mi infancia y adolescencia. Estoy adicto. Leo tres episodios y escribo media página. «Nuevos consumos», me dice D’ambrosio. «Es como alquilar siete temporadas de una serie de televisión y verlas, sin interrupción, un fin de semana ». Cierro mi sesión a las dos y media de la mañana. Me voy a dormir. Me gustaría llevarme la pantalla para seguir leyendo en la cama. «Dentro de un par de años vas a poder», me dice D’ambrosio cuando le cuento. En la cama, escribo a mano en un cuaderno.


7
Trabajo conectado a Gmail. Si no tengo Internet no puedo escribir. Me siento desnudo.


8
Pienso en la típica piba que te habla con actitud condescendiente de la soledad y la web. Estamos en un bar del Centro y ella insiste: «La web y la soledad, la soledad y la web». Es una relación rápida y simplificadora. La soledad existía desde antes. En el comunismo y en el capitalismo, en el Norte y en el Sur, entre los que gobiernan y los que son gobernados, entre los trabajadores y los ociosos.


9
Web y resentimiento. Blogs y envidia. Duro matrimonio. ¿Por qué? La ironía argentina —¿o debería decir porteña?— se pierde en los mensajes de la web y genera resquemores, suspicacias, dudas y fricción.Nos dan la posibilidad de comunicarnos casi sin restricciones y nos insultamos. Ergo, los insultos son parte de la comunicación.


10
Una leyenda urbana. Nueve de cada diez correos electrónicos que se envían son spam.


11
Otra leyenda urbana. Durante su campaña, Obama logró recaudar la mayor cantidad de dinero en la historia de las elecciones estadounidenses. La parte más importante la aportaron contribuyentes privados que usaron la web para hacer sus donaciones.


12
Ahora leo en un blog una nota contra los blogs de un profesor que dice, en su cátedra de la Universidad de Buenos Aires, que la libertad se acabó para el hombre cuando se inventó el reloj cerca del año 1000.


13
Apocalipsis instantáneo. Para un grupo de hermosos paranoicos conservadores, a fines del siglo XX se crea la «cultura digital» y automáticamente todos somos succionados hacia la vida digital y nuestra vida física se anula. Según ellos, nos convertimos en ciborgs indiferentes que orinan por un cable y piensan en quemar los bosques. Es el tic de Sócrates en el Fedón o incluso los indios de postal hollywoodense que no se dejan fotografiar por temor a perder el alma. Estoy dispuesto a aceptar que las herramientas nos modifican, pero nunca al ritmo que dicen los profetas intempestivos que sienten la vibración del fin del mundo en cada paso. Y a propósito, una vez, en una reunión de intelectuales de derecha, una mujer me dijo que ella se hacía fotografiar desnuda por sus amantes pero desgraciadamente nunca había logrado perder el alma, más bien al contrario.


14
Voy con D’ambrosio al videoclub.Alquilamos películas. Es algo muy siglo XX. También le regalo unas pruebas de imprenta de un libro que no leyó. Le digo que tienen mis anotaciones a mano y en lápiz, pero a él no le molesta.


15
Duplicaciones y copias. El 11 de septiembre de 2001, el Vuelo 11 de American Airlines y el Vuelo 175 de United Airlines, secuestrados por miembros de la red yihadista Al Qaeda, impactaron en Nueva York contra las dos torres del World Trade Center, diseñadas por el arquitecto estadounidense de origen japonés Minoru Yamasaki. El 5 de enero de 2002, Charles Bishop, nacido en 1987, estrelló una avioneta Cessna 172 en el piso número 28 de la torre del Bank of America en Tampa, Florida. En una nota, el suicida y única víctima del atentado dejó constancia de su admiración por Osama Bin Laden. Su familia demandó a la compañía farmacéutica Roche alegando que la medicación que Bishop tomaba para el acné lo había llevado a la psicosis. ¿Bishop se transformó en el primer mártir 2.0? En el lugar en el que Wikipedia completa la ocupación de sus biografiados, se lee «piloto». Las fotos que hay en Internet muestran la cola de la avioneta Cessna colgando del edificio como el espinazo quebrado de un pez.


16
Leo en el diario que, en Buenos Aires, uno de cada tres piercings termina en problemas de salud. «Es un buen promedio », dice D’ambrosio. También leo que encontraron el eslabón perdido cerca de Fráncfort y que los científicos están preocupados porque, en Argentina, todavía no tenemos aceleradores de partículas.


17
El marketing es apenas una parte de nuestra imbecilidad y nuestros prejuicios. Como un estadio de césped radioactivo, elmarketing tiene límites muy claros. Por ejemplo, se termina donde empieza el Estado y la burocracia. La burocracia se come almarketing como un perro salvaje a un pollo de campo. Se come todo. No quedan ni las plumas.


18
De verdad. Créanme. El marketing como exomáquina de subjetivación es pobre. Todavía pesa más la educación elemental con maestras menopáusicas de carne y hueso.


19
Utopía, logos y comunicación. Llego por Facebook a un video colgado en YouTube. Se titula The Media Revolution y dura cinco minutos. Su ritmo pausado y claro resulta atractivo. Lo que se cuenta también, pero menos. Son ideas que se conocen desde la literatura y el cine pero sobre todo desde el encendido diario de nuestros pobres clones rellenos deWindowsVista. La potencia del corto está en su fuerza lírica. La voz que narra es un avatar de Philip K. Dick y predice, sin mucho riesgo, que a corto plazo todos los contenidos de los medios se verán unificados en la web. Pero anticipa que Lawrence Lessig va a ser el secretario de Justicia de los Estados Unidos en el año 2020 y que va a declarar ilegal el copyright. Y también que en algún momento del siglo XXI vamos a poder enchufar nuestras cabezas a la red de redes. «Experience is the new reality», dice la voz replicante de Philip K. Dick. Lejos de las especulaciones contemporáneas, ese y no otro va a ser el momento de inflexión. El segundo año cero después del nacimiento de Cristo. No obstante, me gusta pensar que se trata de una profecía incompleta. En el video de YouTube el subtitulado en español, deficiente y con erratas, hace dudar de que la revolución de los medios sea tan democrática. La variable política —praxis y descomposición— no parece estar contemplada en esta triunfal entrada del hombre a la existencia virtual.


20
Por su parte, la Gran Revolución de Octubre fue mecánica y llevó a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas al siglo XX saltando varios estadios de la cadena evolutiva. La próxima revolución ¿será exclusivamente digital? En todo caso, los fusilamientos hay que hacerlos presenciales.


21
Los blogs comparten con los libros el encanto trágico de la lectura entendida como una pasión narcisista. Laweb nos transforma a todos enMadame Bovary, pero a muy pocos en Flaubert.


22
En Wikipedia se puede leer un artículo sobre el «Síndrome de la cabeza explosiva». Se llama así a esas explosiones que sin causar dolor se escuchan dentro de tu cabeza cuando pasás más de quince horas frente a la computadora.


23
Piratería digital. Pierre-Joseph Proudhon, mil veces refutado por Marx, escribe «La propiedad es el robo» en un cartón colgado de un puesto del Parque Rivadavia y vuelve a entrar en el juego de las sillas del capital simbólico.


24
La web afecta también a los que no se dejan afectar por la web. De hecho, a esos es a los que más afecta.


25
Un amigo me cuenta la historia de la chica que pierde el teléfono celular porque se le cae en el inodoro del baño de un bar. El aparto deja de funcionar y ella también. Se dan una serie de malentendidos. El hombre que la espera es casado y ella tiene la mala idea de llamarlo a su casa desde un teléfono público para avisarle de que ya no está conectada. Atiende la mujer. Etcétera. Son las ventajas y desventajas del adulterio administrado desde los mensajes de texto. La logística de las relaciones sociales funcionando en una pantalla portátil de cuatro centímetros cuadrados.


26
Este libro se hizo con textos escritos en procesadores de texto diseñados casi exclusivamente por las mismas empresas. Y después viajó varias veces, íntegro o en partes, por la web. Hace diez años eso hubiera sido simplemente imposible.


27
¿O quizás deberíamos decir quince años? Digamos quince por las dudas. Hace quince años hubiera sido imposible.


28
La elección de los cuentos que aquí se presentan se guió por mi gusto personal, los límites de mi talento y las posibilidades materiales de la antología. Se podrían hacer tres libros más como este con jóvenes narradores de Argentina, sin bajar la calidad y sin repetir un solo autor.


29
La primera vez que estuve en Madrid fui al Rastro y me compré una máscara de gas por diez euros. La tengo arriba de mi escritorio. Me da seguridad. La mujer que me la vendió dijo que era de verdad.


30
Nuestro corazón empieza a funcionar en el vientre materno. Trabaja a un ritmo de entre sesenta a cien pulsaciones por minuto durante toda nuestra vida, salvo cuando dormimos que baja a cuarenta o cuando hacemos actividad física, que puede subir hasta doscientas veinte. Solamente se detiene cuandomorimos. No hay necesidad de resetearlo. No hay que reinstalar el sistema operativo cada dos años. Y viven mejor los que pueden prescindir del último modelo de marcapasos atómico. A D’ambrosio la idea lo angustia. «Por favor, no me lo recuerdes» me pide cada vez que saco el tema. Son entre sesenta a cien pulsaciones por minuto durante toda nuestra vida. Ustedes hagan la cuenta.



Este texto es el prólogo a la antología Hablar de mí (Lengua de Trapo). La selección también es de Juan Terranova.

Vía Eterna Cadencia

La ilustración de apertura del post, realizada a pedido de Klamahama para "conectar" con el texto de Terranova, es una obra de la diseñadora María del Valle Moreno.

Taxirock

12 abril 2010


Por Haruki Murakami

Salimos del establecimiento y buscamos un taxi. Con nuestro sucio aspecto, nos costó mucho que se detuviera uno. El conductor era un joven con el pelo largo que escuchaba música de Police por un gran radiocasete estéreo que llevaba en el asiento del copiloto. Tras decirle la dirección, me hundí en el respaldo del asiento.

–¡Vaya! ¿Cómo es que están tan sucios? –nos preguntó el taxista echándonos un vistazo por el retrovisor.
–Es que hemos hecho una lucha cuerpo a cuerpo bajo la lluvia –respondió la joven.
–¿Ah, sí? ¡Qué fuerte! –repuso el conductor–. Tienen una facha espantosa. Y tú, en el cuello, tienes un chupón enorme.
–Ya lo sé –dije.
–Pero a mí eso me da igual –dijo el conductor.
–¿Por qué?
–Yo sólo levanto a gente joven que tiene pinta de que les guste el rock. Que vaya limpia o sucia me da igual. Lo que quiero es escuchar la música. ¿Les gusta Police?
–No está mal –contesté diplomáticamente.
–En la empresa me dicen que no ponga esta música. Que ponga los programas de música pop en la radio. ¡Eso ni en broma! Matchi, Seiko Matsuda [cantantes del pop japonés]. ¡Puaf! Esas basuras no las escucho ni loco. Police es lo mejor. Puedo estar escuchándolo el día entero sin hartarme. Y el reggae también me copa. ¿Qué les parece a ustedes?
–No está mal –dije.
Cuando se acabo la cinta de Police, el conductor puso una grabación de Bob Marley en concierto. La guantera del taxi estaba atiborrada de cassettes. Exhausto, muerto de frío, adormilado, con el cuerpo hecho cisco, no me encontraba en el mejor momento para disfrutar de la música, pero era agradable ir en el taxi. Me quedé contemplando con mirada vaga cómo el joven conducía moviendo los hombros al ritmo del reggae.
Cuando detuvo el taxi frente a mi departamento, pagué el importe del viaje, bajé y le di mil yenes de propina diciéndole:
–Cómprate alguna cinta.
–¡Gracias! ¡Hasta pronto!
–Oye, ¿no crees que dentro de diez años, o de quince, la mayoría de taxis pondrán música rock? Ojala, ¿verdad?
Pero yo no creía que eso fuera a suceder. Hacía más de diez años que Jim Morrison había muerto, pero aún no había visto un solo taxi que pusiera música de The Doors. En el mundo hay cosas que cambian y cosas que no cambian. Y las cosas que no cambian, pase el tiempo que pase, no cambian jamás. La música de los taxis es una de ellas. Las radios de los taxis siempre sintonizan programas de música pop, tertulias de mal gusto o transmisiones de partidos de béisbol. Por los altavoces de los grandes almacenes suena invariablemente la orquesta de Raymond Lefèvre; en las cervecerías, las polacas; en los barrios comerciales a finales de año, las canciones navideñas de The Ventures.


Fragmento de "El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas".
En la foto Roberto Begnini taxista (Night on earth, Jim Jarmusch, 1991).
Publicado en
Eterna Cadencia

Pócimas para ingenuos

10 abril 2010



Blackie

1. Dicen que hay que hacer las cosas con buen gusto.
Pero el buen gusto es, todo el mundo lo sabe, algo que usan las señoras para combinar los almohadones con el papel pintado.

2. Además, hay muchísimas cosas que nos gustan.
Pero la mayoría nos gusta sin saber por qué, y analizarlo podría ser una forma de engañarse. A veces, cuanto menos sabemos por qué nos gusta una cosa, un sabor, una historia o una imagen en nuestra retina, más nos gusta

3. Entonces, probablemente ese rasgo inasible que tienen en común las cosas que nos gustan sea una de las claves para que nos gusten. Por eso nuestro criterio, nuestros gustos, nuestras emociones, siempre quedan un poco del lado del desconocimiento, un poco fuera de la conciencia.

4. Hemos llamado Blackie a ese criterio, tan opaco que lo abarca todo, tan vago que se confunde, tan inmediato que se nutre de instantes, trocitos, y sobre todo, de mezclas imposibles.

5. El mundo es un exceso nunca antes visto. Recibimos a diario miles de bocados de realidad, los sentido se marean, la intuición se sobrepone a la razón y falta el tiempo para formarse, para informarse, para deformarse. Estamos perdiendo la costumbre de querer construirnos, de querer ser conscientes de cómo queremos ser y qué queremos que nos guste. Estamos perdiendo el criterio.

6. Y qué. Mejor. Quizás estemos cambiando la manera de construirnos. Quizás ese cambio haga que nos entusiasmemos más ante tanta información bonita (¿por qué será que sólo lo feo parece existir o ser de verdad?), tantos azares agradables, cosas que nos gustan y no sabemos por qué.

7. Por eso queremos hacer de "filtro amoroso", que es como los santeros le llaman a las pócimas para ingenuos. La ingenuidad, la ausencia de método, pero sobretodo la actitud, el desorden y el desconcierto es lo que reivindicamos.

8. Ah, y la belleza. Lo feo se combate con belleza.

9. Volviendo a lo de antes: Hemos llamado Blackie a ese criterio. Pero de tanto usarla, ya ni siquiera nos gusta la palabra "criterio". Se ha gastado. Que le den, ya no pensamos volverla a utilizar.

10. Entonces, ahora sí, hemos llamado Blackie a eso que se está construyendo, pero podría haberse llamado, Drusba, "*", o Luismiguel. ¿Por qué Blackie? Eso es otra historia que ya contaremos.

11. Resumiendo (concéntrate al leer esto): Queremos que leas esto y pienses que Blackie hace libros para ti, y que además entiendas por qué los elegimos, sin saber muy bien por qué lo entiendes.

12. Al fin y al cabo os queremos.

13. Aunque no sepamos quién sois.

Blackie Books, Barcelona

* * *

BLACKIE BOOKS es un sello editorial puesto en marcha por Jan Martí (Barcelona, 1982), que estudió filosofía y ahora es músico. El objetivo final de este proyecto no está decidido: dejaremos que los libros se ocupen del asunto, pero seguramente acabe teniendo que ver con lo que entendemos por belleza (1). Por el camino, trataremos de hacer de la actitud nuestro método y del desconcierto nuestro hábitat (2), con lo cual lo más sensato será decir que el objetivo de Blackie Books es que sus libros, de momento, quieran: a) despistar las estanterías b) saltar de las estanterías c) probar muchas estanterías d) pasar la noche en las estanterías de otros (3). Publicaremos literatura, es decir, lo que creemos que es literatura, pero también ensayo divulgativo o del tipo llamado "radical", manifiestos de ayer, hoy y siempre, libros infantiles, creadores o destructores de tendencias, y cualquier cosa que pueda hacer pensar o emocionar. Y si vende, mejor. No tenemos prejuicios en ese sentido (4).

NOTAS AL PIE:
(1) - Que es algo a medio camino entre la Venere de Botticelli y Carlos Baute.
(2) - Como la tienda
(3) - Y hacer una pijama party
(4) - De hecho, queremos forrarnos y ser P.I.M.P.s.


(Publico este texto porque está impregnado de esa ironía poética que tanto me gusta, esa manera simple y agradable de hilar las palabras que te acerca al autor casi como si fueras su amigo. Una brillante toma de posición e ingeniosa defensa de un proyecto. No compré ni leí sus libros -aunque me gustaría, claro, el catálogo es pequeño y sustancioso-. De paso aclaro que llegué hasta la web de Blackie via Escrito en el viento, el blog de José Angel Barrueco. /A.M.)

El debut del chico tatuado

06 abril 2010


Un cuento clínico-punk de David González

Entré en la oficina del maestro de perfiles a recoger el sobre que contenía el resultado del reconocimiento médico-laboral que me habían efectuado en los servicios médicos de la empresa quince días antes.
SE ACONSEJA ACUDIR A SU MÉDICO DE CABECERA CON ESTOS ANÁLISIS.
Acudí.
En la sala de espera, dos mujeres daban la lengua:
- ¿Cuánto has adelgazado? -preguntó una.
- Veintiséis kilos -respondió la otra.
- Estás más guapa así.
Oí mi nombre y mis apellidos. Entré en la consulta, me senté, dije:
- He adelgazado nueve kilos en menos de un año.
- Me vas a hacer análisis de sangre y orina.

- ¿Y tú a qué lo achacas? -me preguntó, unos días después, el médico, el mismo.
- A los nervios -le dije.
- ¿Así que tú crees que la causa son los nervios?
- Sí- le dije -. Eso creo. Sí.
- Veamos -dijo.
Pulsó uno de los botones de su interfono:
- ¿Están por ahí los resultados de la analítica practicada a David González?
Estaban. Se los trajeron. Les echó un vistazo por encima.
- Diabetes -me dijo-. Esa, y no otra, es la causa del adelgazamiento.
- ¿Y eso tiene cura? -le pregunté.
- La diabetes es una enfermedad crónica -me contestó.
- ¿Y tendrá que pincharse insulina? -le preguntó la mujer que antepone mis necesidades a las suyas.
- Si no hubiera indicios de acetona, quizá no.
- ¿Pero cuál es la relación de la acetona con la diabetes? -le preguntó ella.
- Cuando aparece acetona significa que la insulina que produce el páncreas no trabaja bien -le dijo el médico-. No depura el azúcar ―explicó―. Entonces, el organismo sustituye esa insulina por otra sustancia, la grasa por ejemplo. De ahí que David haya adelgazado tanto- terminó.
Luego me preguntó:
- ¿Hay antecedentes de diabetes en tu familia?
- Que yo sepa no -le respondí-. Aunque mi madre se puso insulina durante mi embarazo.
- Te voy a preparar un volante para que vayas mañana al hospital -me dijo-. Vas por urgencias.
El bolígrafo con el que garabateaba, de madera, tenía su nombre grabado, en letras doradas, en la pestaña de acero inoxidable.
- ¿Fumas? -me preguntó.
- Sí.
- ¿Cuánto?
- Dos cajetillas al día.
- ¿Fumas porros?
- Alguno, sí. Pero pocos.
- ¿Alguna otra droga?
La realidad era mi droga, recuerdo que decía Cyril Collard.
- ¿El alcohol cuenta?
- Sí.
- Pues entonces alcohol también.
- ¿Y aparte del alcohol?
- A veces esnifo farlopa?
- ¿Cocaína?
- Sí.
- ¿Qué cantidad?
- No sé…Tres o cuatro rayas los fines de semana.
¿Pero a quién pretendías engañar, tío? ¿Al médico o a ti mismo? Sabías de sobra que era raro el finde que bajabas de los dos o tres gramos.
El médico me miró, como si pensara: y qué más.
- Y pastis.
- ¿Éxtasis?
- Sí. En alguna fiesta.
- ¿Tus padres viven?
- Sí - aún no les había matado a disgustos.
- ¿Tienes alguna enfermedad?
- Diabetes - le vacilé.
Levantó los ojos de la mesa, me miró.
- Aparte - me dijo.
- No.
Me firmó el parte de la baja laboral.
- Y no te preocupes -me dijo-. Podrás seguir haciendo una vida normal (ya) y podrás seguir trabajando (sí, también).
Salimos de la consulta, del ambulatorio, y subimos al coche (porque de aquella aún tenía coche). No alcanzaba a comprender todavía, a imaginar siquiera, si finalmente se confirmaba, la importancia de lo que el médico de cabecera acababa de decirme. La gravedad de la dolencia que me había diagnosticado. Ni cómo afectaría a mi vida y a la de todos aquellos con quienes la compartía, en especial a la de la mujer que se desvive por mí.
- ¿Avisaré a mi madre? - le pregunté.
- Espera a mañana -me dijo-. Espera a ver qué pasa mañana, qué te dicen. No la dejes preocupada.
Cuando le di a la llave de contacto, las lágrimas arrancaron a la primera.
- Tranquilo -me dijo ella acariciándome la espalda con ternura-. Tranquilo –repitió-. Deja de llorar. No llores más. Ahora ya sabemos por qué eres tan dulce.

A las nueve en punto de la mañana entregué el volante en la ventanilla de admisión de urgencias del hospital.
Un celador me acompañó hasta una habitación minimalista: una cama diminuta, un armario metálico y una mesa.
- Quítate toda la ropa, menos los calzoncillos, y métela en esa bolsa.
Una bolsa de plástico, como las de la basura, del mismo color.
- Y ponte este camisón.
No sabía cómo se ponía, así que terminé por ponérmelo del revés. Me dejaba al descubierto los tatuajes del pecho: una paloma con una hoja de laurel en el pico y un revólver del calibre cuarenta y cinco.
Entró una enfermera, reparó en los tatuajes.
- ¿Tiene ganas de orinar el chico tatuado? - me preguntó.
- No muchas, la verdad.
- Entonces me veré obligada a ponerte la sonda - dijo.
- De repente me han entrado unas ganas tremendas - dije.
Entró una mujer, médico, endocrino, joven, guapa, saludable. La paloma, en su vuelo, le pasó raspando la cara. El revólver la encañonó.
- ¿Dónde te hiciste eso? - me preguntó.
Es mejor, siempre que sea posible, decir la verdad.
- En la cárcel -le dije.
- ¿Y por qué fuiste allí? -quiso saber.
- Por malo.
- ¿Y estuviste mucho tiempo?
- Tres años.
Entró otra vez la enfermera.
- Vamos a hacerle un electro al chico tatuado - dijo.
Entonces, de repente, reparé en las uñas de mis pies. Con las prisas, los nervios, el madrugón, me había olvidado de cortarlas. Me daba vergüenza, mucha vergüenza, que la enfermera pudiera llegar a pensar que yo era un marrano. La sábana no alcanzaba a taparme los pies. Estaban largas, mis uñas, tan largas que hubiera podido enroscarlas sin ningún problema a los barrotes que había a los pies de la cama. Sin embargo, la enfermera no pareció darse cuenta, o ya estaba acostumbrada, y mi cuerpo se transformó, en apenas unos instantes, en un amasijo de cables, pinzas y parches.
La habitación no tenía puerta. Cortinas. Estaban descorridas. Observé lo que sucedía en el interior del cuarto número seis. Exploraban a una paciente, una chica joven, pelirroja, con aspecto de yonqui. Llevaba puestas unas bragas y un sujetador, a juego con el color de su piel, el blanco. El adjetivo delgado se quedaría corto si me viese en la tesitura de tener que hacer una descripción de su cuerpo. Pero si tuviese que describirlo, diría que estaba consumido. Igual que su rostro. Los pómulos sobresalían tanto que parecían nudillos. Los ojos, en un intento desesperado por escapar de la invasión a que estaba siendo sometida su intimidad, se detuvieron, por unos segundos, en los míos, reconociéndolos, aceptándolos. Su mirada lo decía todo: En manos de extraños, tío, así acabamos. En manos de extraños.
Entró un médico. Se fijó en las tres cicatrices del antebrazo, del siniestro. Puso cara de asco. Pero era humano, el endocrino, sentía curiosidad.
- ¿Y eso? -me preguntó-. ¿Te cortaste?
- Me lo hice en la cárcel con la hoja de una maquinilla de afeitar - le contesté.
- Así que te diste a la mala vida, ¿eh?
- Algo parecido, sí.
- Pues ahora ya se te acabó - dijo, con satisfacción.
Me acordé de Hubert Selby Jr, el escritor estadounidense, de algo que dijo, o escribió: La luna de miel se ha terminado.
- Tienes diabetes de debut, diabetes insulinodependiente -me dijo el medico-. ¿Has venido con alguien? Vamos a dejarte aquí.
En manos de extraños, pensé, y volví la vista hacia el cuarto número seis, pero en el cuarto número seis no había nadie. La chica con aspecto de yonqui, la pelirroja, ya no estaba. Se la habían llevado.



El debut del chico tatuado (Relatos completos 1998 - 2009), recopila todos los relatos de David González. El cuento lo encontramos en el blog de la editorial Azotes Caligráficos

Y si te gustó la pluma de este poeta gijonés -de quien dicen que su obra es autobiográfica- la entrevista realizada el año pasado que encontramos en el blog Subcultura-El arte underground en Granada te ofrece algunas pistas sobre él y su trabajo.




David no es un perdedor, aunque su último poemario: Loser, signifique eso precisamente. Es alguien con las cosas muy claras, un poeta de no ficción, un poeta de hoy que habla de cosas de hoy. David González nació en 1964 en San Andrés de los Tacones, Gijón. Dirige la colección de poesía Zigurat, que edita el Ateneo Obrero de Gijón. Ha publicado, entre otros, los siguientes libros: Reza lo que sepas (Eclipsados, 2006), El amor ya no es contemporáneo (Ediciones Baile del Sol, 2005), Tango azul (Universidad Católica de Córdoba, Argentina, 2005) y Anda, hombre, levántate de ti (Bartleby Editores, 2004), Algo que declarar (2007), En las tierras de Goliat (2008) y su último poemario Loser (2009) Bartheby Editores. Sus poemas han sido traducidos al inglés, al alemán, al francés, al árabe y al húngaro.

Como poeta, tiene un concepto crítico muy personal del mundo que le rodea y hace de su poesía una constante llamada de atención a la conciencia. David, se enfrenta al Goliat de la sociedad actual con la honda de la palabra en un tiro certero, como su poesía. Desde su Ciudad Gris, nos ha contestado estas preguntas que nos dejan acercarnos más a él.

1- David, la pregunta más simple, ¿por qué escribes?
Ya lo he dicho en más ocasiones: Escribo para limpiarme por dentro. Pero en los últimos tiempos he comprendido que me ensucio a más velocidad de la que escribo.

2- Tu último libro, Loser, ¿qué supone en tu poética?
El final de la misma.

3- ¿Dónde aprende a escribir un poeta al que luego se le etiqueta como “autobiografista”?
En la Universidad de la Vida. Y leyendo a escritores de No Ficción.

4- Hablando de etiquetas… “realismo sucio”, “poesía de la conciencia”, “realismo comprometido”, “poesía de la contracultura”… son algunas de las que aparecen en tu biografía. Realmente ¿se puede etiquetar la poesía de David González?
Ya que en esta sociedad de mierda en que vivimos se tiene la manía de etiquetarlo todo, mi poesía se podría etiquetar como Poesía de No Ficción y de ninguna otra manera.

5- Por cierto… ¿qué se siente al ser uno de los poetas contemporáneos que aparece en la Wikipedia?
Nada. Eso no tiene nada que ver con el acto físico de la escritura.

6- Lejos de la imagen bohemia del poeta, te has adaptado a los tiempos, tienes página web y blog, te prodigas en publicaciones en la red, comentarios, reseñas de otros autores ¿en qué está influyendo la “era internet” en la poesía actual?
Esa imagen bohemia del poeta no se corresponde con la realidad. Es una imagen de otros siglos. El hecho de tener web o blog no te hace ni más ni menos bohemio. Ser un artista bohemio no tiene nada que ver con el uso que ese artista haga de las nuevas tecnologías. Sobre todo teniendo en cuenta que administrar un blog es totalmente gratuito y teniendo en cuenta además que con la conexión wifi ni siquiera tienes que gastarte un euro en pagar cuotas, solo el café que te tomes en una zona wifi.
La Era Internet está influyendo en la difusión de la poesía, en una mayor difusión de la misma. Ya no hace falta comprarse libros para tener a tu alcance poemas de toda clase y condición. También está originando una mayor democratización de la poesía. Y también en que un poeta desconocido, inédito, puede dar a conocer su poesía a través de su blog por ejemplo a un número infinito de lectores, cosa que antes no podía hacer. Y en este sentido, como lector de poesía, es algo que me fascina, pues he descubierto a grandes poetas gracias a esto que te digo.

7- “Perdóname, pero te amo…” Realmente, ¿se puede pedir perdón por amar? ¿Por qué otras cosas habría que pedir perdón hoy en día?
Si el que ama soy yo, sí se puede pedir perdón por amar. De hecho, gente como yo deberíamos ser conscientes de que amar a alguien es hacer sufrir a ese alguien.
Habría que pedir perdón por tantas cosas que la lista sería infinita. Pero deberíamos pedir perdón por entretenernos con chorradas o por estar enganchados al consumismo puro y duro mientras convivimos con personas que duermen en la calle o se mueren, literalmente, de hambre o de sed; mientras que nosotros, yo el primero, andamos por ahí derrochando la guita en copas, discotecas, coches, etc…

8- Cada vez hay menos poesía de amor-desamor y más poesía social, poesía denuncia, poesía de la conciencia, de la experiencia… ¿qué está pasando en la actualidad con el tema más universal, el amor?
Quizá lo que pasé es que “El amor ya no es contemporáneo”.

9- ¿Qué necesita David para escribir un poema?
Algo que declarar.

10- Imaginemos mirar en los cajones de David ¿encontraríamos muchos poemas aún inéditos?
Uno o ninguno.

11- La poesía ¿es un género para minorías? ¿Para inmensas minorías?
La poesía es un género para poetas y amigos y familiares de poetas.

12- El hombre actual ha perdido muchas cosas, muchos principios morales ¿Cuáles echas de menos, David?
El del compromiso con los más desfavorecidos.

13- Pregunta número 13 para un hombre fuera de toda superstición: danos un motivo para leer poesía.
Me acojo a la Quinta Enmienda para no responder.



En la web de David González hay más información sobre el autor.

Me entero de cosas superinteresantes, como la obra de David González, en el blog Escrito en el viento de José Angel Barrueco.

Del graffiti al urban art

05 abril 2010

Por Maximiliano Tomas

Demos gracias porque este tipo de libros sigue llegando a la Argentina desde Europa: la reedición, actualizada, del moderno clásico Graffiti. Arte urbano de los cinco continentes, de Nicholas Ganz. La primera versión, de 2004, exponía miles de fotografías de los artistas del género más importantes del mundo (individuales y en grupos), divididos alfabéticamente y por continentes. Esta edición agrega algunos nombres y algunos textos. Y le da la posibilidad a Ganz de referir que, como era de esperar, así como el graffiti evoluciona de manera permanente, incorporando técnicas diversas que de ninguna manera se acaban en el aerosol (pinturas, calcomanías, esculturas, pósters, aerografía, tizas), también lo hace la terminología propia y las categorías: “Actualmente muchos han comenzado a referirse a un nuevo graffiti, al que suele denominarse con más frecuencia como neograffiti, posgraffiti, arte urbano o street art”, escribe el autor.

(Imagen del libro)

En el demasiado breve apartado “Historia universal del graffiti” (de un libro de este calibre y de tal importancia podían esperarse textos más abarcativos o exhaustivos), Ganz cuenta que el origen del término viene del italiano sgraffio (arañazo), que sus orígenes se remontan a Grecia y Pompeya, y que si bien existieron algunas manifestaciones de artistas callejeros durante la Segunda Guerra y en las revueltas estudiantiles de las décadas del 60 y 70, fue en los 80 y en la ciudad de Nueva York donde estas expresiones comenzaron a tomar verdadera relevancia, a partir de las pintadas en trenes y subterráneos de Manhattan (la mejor manera de exhibir esas intervenciones y que fueran vistas diariamente por millones de personas).
Al principio fueron tags, esas rúbricas tipográficas (esas firmas) que aún se ven en todos lados, y recién después comenzaron a aparecer las piezas (masterpieces) u obras en sí mismas. Aquí figuran muchos de los nombres más relevantes de este tipo de intervención urbana a nivel mundial: Os Gemeos, Merz, Dalek, Swoon y, por supuesto, el gran referente del stencil, el inglés Banksy, autor de célebres y desafiantes obras de protesta (y que se animara a colgar hace un tiempo, con sus propias manos, su versión personal de La Gioconda en las paredes del Louvre).


(Graffiti en la ciudad de Buenos Aires. Fuente: graffiti.org)

En Sudamérica, se sabe, es la ciudad de San Pablo la que va a la vanguardia del arte callejero. En la Argentina aún se trata de un movimiento emergente, aunque en ciertas obras y nombres presentes en este libro (Alexone, Asstro) se advierte la evidente influencia de este tipo de arte en los ilustradores de tiras diarias locales. La mano del capital, que todo lo toca (y todo lo corrompe), no podría estar exenta del arte urbano: muchos de los creadores han sido primero tentados y más tarde contratados por agencias de diseño, publicidad y marketing. Tal vez por eso Ganz se sienta impelido a escribir, hacia el final del volumen: “La calle y los espacios públicos son el corazón del graffiti, que no está pensado para las galerías o la publicidad. Representa una filosofía de vida, la de reivindicar la calle y ser libre para rediseñar el propio entorno. Se trata de un arte anarquista en el que cualquiera puede participar (…) al tiempo que se transforma el paisaje urbano que unos extraños han configurado arquitectónicamente”. Y todavía hay gente que cree que el arte está sólo en los museos.

(Graffiti en la ciudad de La Plata, Buenos Aires. Fuente: graffiti.org)

Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil. Vía tomashotel.

//Link a graffiti.org

Mientras escribo

25 marzo 2010

Por Stephen King

A principios de los años noventa (es posible que en 1992, pero la diversión no se lleva bien con la memoria) formé parte de un grupo de rock con mayoría de escritores. Los Rock Bottom Remainders era una idea de Kathi Kamen Goldmark, publicista editorial y música de San Francisco. Los miembros del grupo éramos Dave Berry en guitarra solista, Ridley Pearson en bajo, Barbara Kingsolver en los teclados y yo en guitarra rítmica. También había un terceto de coristas femeninas, al estilo de las Dixie Cups, compuesto (salvo variaciones) por Kathi, Tad Bartimus y Amy Tan.

El grupo había sido concebido como simple flor de un día. Pensábamos ofrecer dos conciertos en la American Booksellers Convention, reírnos un poco, recuperar durante tres o cuatro horas nuestras disipadas juventudes y separarnos.

En realidad, el grupo no ha llegado a disgregarse del todo. Vimos que nos gustaba demasiado tocar juntos para no seguir, y, mediante la adición de un saxo y una batería (más la presencia inicial de nuestro gurú musical y alma del grupo, Al Kooper), conseguimos un sonido bastante aceptable. Digno de que cobráramos entrada, aunque fuera a precios de sala pequeña, no de U2 o la E Street Band. Salimos de gira, escribimos un libro sobre el grupo (con mi mujer haciendo las fotos y bailando cada vez que le apetecía, es decir, con frecuencia) y seguimos tocando a salto de mata con dos nombres, The Remainders y Raymond Burr’s Legs. La composición del grupo es variable (el periodista Mitch Alboom ha sustituido a Barbara en los teclados, y Al Kooper ya no toca con nosotros por desavenencias con Kathi), pero el núcleo hemos seguido siendo Kathi, Amy, Ridley, Dave, Mitch Alboom y yo, más Josh Kelly en la batería y Erasmo Paolo en el saxo.

Tocamos por amor a la música, pero también a la amistad. Nos llevamos bien y agradecemos la oportunidad, aunque sólo sea de vez en cuando, de hablar del oficio que compartimos, el de verdad, el que nos aconsejan constantemente que no abandonemos. Somos escritores, pero evitamos preguntarnos mutuamente de dónde sacamos las ideas. Sabemos que no lo sabemos.

Una noche, cenando comida china antes de una actuación en Miami Beach, le pregunté a Amy si había alguna pregunta que no le hubieran hecho nunca después de la típica conferencia; la que no hay manera de que te hagan estando delante de un grupo de admiradores y fingiendo que, a diferencia del común de los mortales, tú no te pones los pantalones primero por una pierna y luego por la otra. Amy lo pensó mucho y contestó:

–Nunca me preguntan nada sobre el lenguaje.

Le estoy enormemente agradecido por la respuesta. Yo entonces llevaba más de un año dándole vueltas a la idea de hacer un librito sobre la escritura, pero no acababa de lanzarme por falta de confianza en mis motivaciones. ¿Por qué tanta ganas de escribir sobre el acto de escribir? ¿A santo de qué me creía capaz de decir algo interesante?

La respuesta fácil es que alguien que ha vendido tantas novelas como yo tiene que tener alguna opinión interesante sobre su elaboración, pero las respuestas fáciles no siempre son verdad. El coronel Sanders vendió cantidades ingentes de pollo frito, pero no estoy seguro de que le interese a nadie saber cómo lo hacía. Yo tenía la sensación de que querer explicarle a la gente cómo se escribe era una impertinencia demasiado grande. Lo diré de otra manera: no quería escribir algo, corto o largo, que me diera la sensación de ser un charlatán literario o un imbécil trascendental. No, gracias; de esos libros (y escritores) hay bastantes en el mercado.

Amy, sin embargo, tenía razón: nunca te preguntan por el lenguaje. A un DeLillo, un Updike, un Styron, sí, pero no a los novelistas de gran público. Lástima, porque en la plebe también nos interesa el idioma, aunque sea de una manera más humilde, y sentimos auténtica pasión por el arte y el oficio de contar historias mediante la letra impresa. Las páginas siguientes pretenden explicar con brevedad y sencillez mi ingreso en el oficio, lo que he aprendido acerca de él y sus características. Trata del oficio con el que me gano la vida. Trata del lenguaje.

(Prólogo de Stephen King a Mientras escribo, Plaza y Janés, 2001)

Vía Eterna Cadencia

Escupitajos, cerveza y alfileres

22 marzo 2010

Por Maximiliano Tomas

El libro Por favor, mátame, de Legs McNeil y Gillian McCain, no sólo logró convertirse en algo así como la “biblia” del punk. También impuso un método: el de recoger testimonios en primera persona e ir ensamblándolos, por tema o cronológicamente, para que la historia vaya armándose por sí misma en la mente del lector. El método tenía varias ventajas (rescatar la memoria de los protagonistas antes de que murieran, ofrecer una impronta de verosimilitud a sus palabras, y el vértigo irrefrenable de un sistema narrativo oral manejado a la perfección) y, además, McNeil y McCain habían logrado algo casi imposible: que por esas páginas desfilaran todos, o casi todos (Andy Warhol, Lou Reed, Iggy Pop, Jim Morrison, Nico, Richard Hell y los futuros integrantes de Los Ramones, Los Clash y demás bandas punk).

Rotten. No irish, no blacks, no dogs, la autobiografía de John Lydon (aka Johnny Rotten), el cantante de los Sex Pistols y más tarde líder de PIL, abreva de la misma fuente metodológica que Por favor, mátame: largas entrevistas editadas para ofrecer la imagen de un todo. Pero se diferencia, a su vez, en el enfoque y en su finalidad: si McNeil y McCain se centraban en la escena neoyorquina, es decir, en el surgimiento y desarrollo del protopunk, el punk y el postpunk en clubes de Manhattan como el CBGB’S, el Max’s Kansas City y sus alrededores, Rotten… tiene su epicentro en Londres, Inglaterra: la ciudad desde la que el punk se proyectó al mundo y exportó una actitud de desafío y repudio a las instituciones y una estética (alfileres de gancho, ropas en jirones o de plástico y vinil, esvásticas, símbolos anárquicos, crestas de todos los colores, borceguíes), todo en apenas dos años que conmovieron al mundo.

La música rock nunca volvería a ser la misma luego de que Rotten, Steve Jones, Paul Cook y Sid Vicious editaran en 1977 el primer y único disco de la banda, Never Mind the Bollocks, con canciones irónicas y revulsivas como “Anarchy in the UK”, “God Save the Queen” o “Pretty Vacant”, que conservan, aún hoy, toda su carga de desafío y negatividad.

Se ha escrito mucho sobre los Sex Pistols, pero la mayoría ha sido sensacionalismo o periodismo pseudopsicológico. El resto ha sido puro rencor. Este libro es lo más cerca que puede haber de la verdad, ya que recuerda los acontecimientos desde dentro (…). No tengo tiempo para mentir ni para fantasear y tampoco quiero desperdiciar el vuestro. Y si no lo disfrutas, que te pudras”. Esa es la declaración de principios de Rotten en el acápite del libro. Como siempre con él, se trata de una invitación al sincericidio y lo inesperado: tómalo o déjalo. ¿Cómo dejarlo?

El primer capítulo empieza por el final de la historia: el 15 de enero de 1978, último recital de los Sex Pistols, en San Francisco, Estados Unidos. Y cerrará en el mismo lugar, 370 páginas después. En el medio, nos enteramos de que Rotten estudió en colegios católicos ingleses hasta que lo echaron por su corte de pelo, y que tuvo una vida familiar humilde pero llena de comprensión y afecto por parte de sus padres y hermanos. Más tarde lo echarían de su casa, por teñirse el pelo de verde, pero incluso hasta ese gesto es agradecido por el Rotten adulto del libro, ya que piensa que su padre lo estaba invitando a tomar su propia vida en sus manos.

Después vendrá la escena de una Londres empobrecida y sucia a mediados de los 70, y cómo eso funcionó como caldo de cultivo para toda una generación de jóvenes aburridos que buscaban una manera de sobrevivir y pasar el tiempo. El contacto con Malcolm McLaren y Vivienne Westwood, la primera audición para la banda (que estaba buscando cantante), las peleas internas, el alejamiento del primer bajista, Glen Matlock, y la inclusión en su lugar, por parte de Rotten, de su amigo Sid Vicious. Todo atravesado por la aversión de Rotten hacia las ideas preconcebidas, la homogeneidad, por lo que no sea la más pura individualidad: “Lo que me enfurecía de los Pistols era la progresiva homogeneización del uniforme punk (…) Pero la idea no era seguir una dirección sino marcarla (…) Siempre he odiado el concepto de uniforme. Si te interesa algún tipo de movimiento tienes que rechazar esas cosas, porque de lo contrario te estancas y se convierte en algo estéril”.

Rotten se reconoce aquí como un miembro de la clase obrera inglesa; un antiintelectual con inquietudes musicales (“Nunca había sentido interés por ser músico. Sigo sin sentirlo y me alegro por ello. Me considero un estructuralista del ruido”) y algunas lecturas; un tipo con una postura clara en contra de las drogas duras (“No tenía más que fijarme en los yonquis. Los miras y piensas: ¿dónde está la diversión, el placer, el sentido?”); un constructivista (“No creo que hubiera nada nihilista en los Pistols. Lo nuestro no era un camino de autodestrucción. Más bien al contrario. Era constructivo porque ofrecíamos una alternativa, no era anarquía porque sí”); un militante del caos (“Mi filosofía era el caos, sin lugar a dudas, la ausencia de normas”).

No es sólo la voz de Rotten la que aparece aquí, sino la de sus amigos, familiares, integrantes de la escena londinense y la de los Pistols que siguen vivos. Este libro, entonces, junto a Por favor, mátame y al documental The filth and the fury (2000) de Julien Temple, como las piezas fundamentales para componer un relato, el de la música punk, que a más de treinta años de su germen se muestra como mucho más interesante y compleja de lo que suele creerse.

De tomashotel