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Uma

09 julio 2008

Estoy seguro de que no extrañaste el vacío de los días pasados. Y está bien que así sea. Porque Klamahama es apenas uno de los millones de motivos que podés tener, y puede reemplazarse. Durante un breve lapso. O para siempre.
Esta entrada no es periodismo. Ni es una crónica. Ni siquiera es una canción.
Esta entrada es una apología de la evolución.

"Yo veo la transformación /
y la estoy sintiendo"
Ch. García
Este es el sexto día del cambio. Del paso invisible pero inevitable de dos seres en suspenso a dos seres completos. Del paso violento de una visión difusa a una iluminación láctea. Del Hombre de lata al Hombre de cristal.
En los últimos días, creemos, este mundo se detuvo. Y otro universo comenzó a rodar. Una supernova super frágil y vulnerable. Una estrella luminosa. Una constelación de partes de la madre y mías.
Seis días de ensueño. Podemos contar como dedos de las manos cada una de las horas de terciopelo. Minuto a minuto recibís en línea directa desde el centro de la historia una lluvia de Sabiduría no revelada, un mensaje atávico intransferible desde el momento en que escuchás el primer llanto. Es así. Un cross. Un flash.


Como un nuevo idioma /
Llegando a tu cabeza con la fría /
Repentina furia de un mensajero divino
Jim Morrison
Ahora ya no soy yo. Ni somos ella y yo. Somos nosotros tres, número mágico, número magnífico y -también- que asusta un poco (según dice nuestra amiga Miriam). Pero los cambios siempre van a desafiar tu capacidad de respuesta, y nunca estás ni siquiera preparado para enfrentarte a un viaje como éste. Todo es inmediato, todo es ahora. Ya.

El reloj / marco la hora del final /
de otra época vacía /
Despertó / con el perfume embriagador /
de comenzar su nueva vida.
G. Cerati
Los ojos. El sueño. La leche. El frío. La exhalación apenas perceptible. Todo junto y a su tiempo. El perfume de lo invisible es la inocencia absoluta, la inmensa necesidad planetaria de ser protegido de todos los males.

Cómo poder explicarte / Cómo poder explicártelo /
El amor de un padre a un hijo no se puede comparar /
Es mucho más que todo / No, si vos sabés.
Gabriel F. Capello
Nos llenamos de preguntas y sudamos miedos nocturnos, envueltos en la dulce somnolencia de extraños dioses que protegen la criatura. Entonces amanece de nuevo y advertimos fascinados una mueca leve, un detalle casi, un rictus imposible.
Y cae la ficha: nuestra pequeña hija nos da una primera lección burlándose de la parca, tan deseosa Ella de salir en el noticiero. Chau a los súbitos pájaros negros. Este es el néctar de la vida en plena ebullición. Es el átomo de otra bomba pequeñita. Es la euforia, la razón, la causa y el efecto.

Valle y Ariel llegaron en remisse a la clínica, nadie los esperaba, porque así lo planearon. Y Uma nació cuando quiso: el miércoles 3 de julio, a las 0:15, sosteniendo la independencia como una espada. Como el viejo axioma redondito: "solos, y de noche".

No lo soñe ieeeee eh eh eh
los ojos ciegos bien abiertos.
No mires por favor,
y no prendas la luz,
la imagen te desfiguró.
C. Solari
Sueños de Uma

2 comentarios:

Miriam dijo...

Hoy-y mirá que nos fácil- me quedé sin palabras y sin letras.
Hoy es Uma.
Bienvenida al mundo, preciosa!
Que seas disfrutada!
La mejor de Miriam, Hugo & Camila, que miró las fotos y dijo: "Ja, como mi frazada de ositos...má, porque todo lo de bebesito tiene ositos?"
Ya investigaremos, hoy...disfrutaremos!

Chelo Candia dijo...

Saludando la llegada de Uma, les dejo esta crónica personal de otra llegada, hace casi dos años...

El lado paterno de un parto

La “futura” mamá del Mati me agarra fuerte las manos y me dice: ahí viene otra. Bueno, para eso estamos acá, le digo. Cierra los ojos y algo que siente allá abajo le transforma la cara ¿Qué querés hacer? pregunta la doctora ¿Querés pujar? No sé, grita ella. La veo retener la respiración hasta ponerse colorada. Parece como si se fuera a ahogar. No me aguanto y le hablo: Respirá le digo. El aire sale de su boca de a pedacitos. El dolor pasa. Fue brava ésa, le digo. Si, contesta, y tira una risita. Hace media hora más o menos que siente contracciones seguidas. Las siente venir. ¿Cómo será? ¿De dónde “vienen”? Le agarro fuerte las manos y trato de imaginarme qué es lo que siente. Trato de sentirlas a través de sus manos. Y para mi sorpresa, lo hago: siento la tensión. Es como si yo también las recibiera; obvio que no de la misma forma (menos mal), pero también las recibo. Ahí viene otra. Que venga nomás, le digo, y nos preparamos. La cara se le transforma de nuevo. Se pone roja. Y grita. Ya pasa, ya pasa, digo yo. ¿Qué hago? ¿Empujo? le pregunta a la doctora. Aguantá un poco… ¡No puedo, no puedo…! dice de pronto, asustada. Entonces la doctora llama a la enfermera. ¡La camilla! Creo que antes también la había llamado. ¿Por qué no viene? Parece que hay otros bebés naciendo a esta misma hora y no hay lugar. Entiendo el susto de la mamá del Mati: ella está sintiendo que ya sale… ¡y aún estamos en la habitación! En la cama vecina hay una mamá. También está su beba en una cunita de plástico. Acá está la mamá del Mati, al lado la doctora. Todas mujeres; menos yo y el Mati. Que ya nace. Nadie me lo dice, pero me doy cuenta. Va a nacer acá. En la cama de la habitación. Me aprieta fuerte las dos manos. ¿Qué hago, qué hago?, pregunta otra vez a la doctora. Aguantá, le dice la doctora, aguantá mamita un poquito que viene la camilla. No puedo ¡Tengo ganas de pujar! Está bien, dale: nace acá. Si te da cosa, date vuelta mi amor, le dice la doctora a la mamá de al lado. Ninguna camilla, ninguna sala de parto, nace acá. Vamos, vamos. Le agarro fuerte las manos. Vamos. Dale. Tranquila que lo estás haciendo bien, dice la doctora. Yo la miro y por esas cosas extrañas que tiene la cabeza me cuelgo con la blusa que tiene puesta la doctora. Está llena de flores estampadas. Rojas, rosadas, amarillas. Pienso que es una buena blusa para recibir a un bebé. Mucho más linda que las aburridas y pálidas chaquetas de la sala de parto. ¡Vamos, vamos que ya nace!. Al pensar en la sala de parto me pregunto si acá las condiciones serán las adecuadas. Por la higiene, digo. En la sala de parto te ponen barbijos, chaquetas, hay un pediatra, enfermeros. Acá nada. También pienso que a esta altura, con el Mati asomando la cabeza, eso importa menos que la blusa primaveral de la doctora. Vamos, mamita, vamos. Alcanzo a escuchar a la mamá de la cama de al lado, que se copó y también alienta. Ella me había contado que con nueve de dilatación no se había animado a pujar, y que finalmente su beba había nacido por cesárea. Vamos, ahí nace, ahí nace. La mamá del Mati pega un grito que más que grito es una exhalación, el Mati sale (nace-es dado a luz-asoma-es tenido) y yo siento a través de las manos como todo el cuerpo se le afloja. Su boca, abierta por ese último grito, se transforma en una sonrisa única, y su cara también se transforma, y sus ojos brillan, y su expresión es tan fantástica, tan brillante, tan… maternal, que pagaría por verme la mía. ¿Tendré una expresión “paternal”?. ¿…O de horror…?. ¿O las dos cosas? Nunca lo sabré. La enfermera, que dejó la inútil camilla en el pasillo y ya entró, le pone una manta rapidito y salpicado, pegote y chorreando, se lo da a la madre que rápidamente lo agarra y lo abraza canchera, como si hiciera esto todos los días. Y ahí veo el cordón umbilical. Qué cosa rara. Parece de plástico. Me pregunta si quiero cortarlo yo. ¿Qué? No, ni loco, le digo. Córtelo usted. Usted es la doctora. Yo no. Yo miro.
En ese momento me doy cuenta de que la cámara con la que yo quería filmar el parto aguardaba apagada dentro de su funda.
Después, cuando termino de temblar, salgo a la calle y veo a la gente que va y que viene, veo a padres y madres y niños caminando por la calle, y por alguna razón me siento distinto a todos ellos. Vengo de vivir una experiencia tan increíble, tan única, tan mágica, que me cuesta creer que pase a diario.

El papá del Mati